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| Historias |
Ascensores en el mar: pulse el botón para subir a cubierta
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| Un ascensor Otis en el SS President Hoover |
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| El SS Leviathan en 1923 |
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Los lujosos transatlánticos evocan muchas imágenes: comida exquisita, espectáculos, hamacas en una cubierta soleada, destinos exóticos y, quizá, incluso un romance a bordo.
Los ascensores y escaleras mecánicas están probablemente entre las imágenes que menos se le ocurren a uno cuando piensa en un crucero, y no digamos si lo que se está discutiendo son los tipos de barcos de guerra que existen.
Sin embargo, durante más de cien años los transatlánticos de lujo han confiado en los productos de Otis para el transporte de pasajeros y provisiones. Y los buques de guerra de la Marina de los Estados Unidos han usado los ascensores Otis más innovadores para situar sus armas y municiones durante casi el mismo tiempo.
A pesar de la frenética actividad marítima desarrollada por Otis durante la primera mitad del siglo XX, posteriormente recibió muy poca atención, centrando Otis sus esfuerzos en construirse una sólida reputación en todo el mundo.
Hoy en día esto ha cambiado. La compañía está dedicando recursos al negocio de los cruceros, particularmente en el área de modernizaciones y mantenimiento. Un pequeño equipo de la oficina de Miami capitanea este proyecto, cuyos resultados están siendo sorprendentes.
La primera vez que se instaló un ascensor en un barco fue en 1900, cuando la compañía británica R. Waygood, que se incorporó a Otis en 1914, suministró un ascensor para el yate de la reina Victoria, el Victoria & Albert.
En las décadas siguientes se instalaron ascensores con autonivelación en transatlánticos tan famosos como el Queen Elizabeth, el Queen Elizabeth II, el Queen Mary, el Ille de France, el America y muchos otros. La mayoría de las cabinas de esos ascensores estaban elegantemente amuebladas, en consonancia con la atmósfera de lujo imperante. A mediados de los años 50, Otis incluso instaló una escalera mecánica en un ferry que transportaba pasajeros entre Cayo Oeste y La Habana.
El nombre de Otis está también asociado a transatlánticos tan tristemente famosos como el Lusitania, el Titanic o el Andrea Doria.
Un solo ascensor podía ser suficiente para las necesidades del yate a motor de cualquier persona adinerada, pero los transatlánticos de más de diez pisos, que sobrepasaban con mucho los mil pasajeros, requerían mayores sistemas de transporte vertical. El Queen Elizabeth II fue equipado con 22 ascensores y cuatro escaleras mecánicas, y el Andrea Doria llevaba 20 ascensores cuando chocó contra otro barco y se hundió en Nantucket en 1956.
El barco más grande de aquella época, los años 30, era el francés Normandie, de 83.423 toneladas y que contaba con 23 ascensores a bordo. Servían para transportar una gran variedad de enseres, como equipajes, víveres, automóviles, ropa de cama... y por supuesto, también pasajeros.
La tripulación contaba con sus propios ascensores, ya que un trabajador recién salido del cuarto de máquinas no podía coincidir en la cabina con una pareja de esmoquin y traje largo camino de un cocktail en el salón de primera clase.
Desafortunadamente, el Normandie se incendió en 1942 mientras estaba atracado en el puerto de Nueva York, y nunca volvió a navegar.
En muchos aspectos, que un ascensor o una escalera mecánica funcionen en un barco supone un mayor reto que si lo hacen en tierra firme. Los vaivenes y la corrosión son constantes, cosa que no ocurre en los edificios. Las partes que pueden oscilar y causar problemas deben ajustarse, y todas las piezas son tratadas para que resistan los efectos de la sal, la niebla, el agua y la vibración.
Un boletín interno de 1923 describe la renovación del SS Leviatán, señalando que los ingenieros decidieron usar unas planchas magnéticas en los controles. “Estos imanes funcionarán cuando haya una desviación de la verticalidad, y más aún, no se verán afectadas por los vaivenes del barco”, sentenciaba el artículo.
Los problemas a los que se enfrentaban los ascensores de los transatlánticos no eran nada comparados con los de los barcos de guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Otis fabricó aparatos nº 14 especiales para ser usados como montacargas para el armamento de los barcos con misiles dirigidos. Debían ser capaces de soportar las sacudidas de un blanco cercano hecho con un misil o un torpedo. Parte de la solución fue colocar tornillos más largos y reforzar los bordes, tal y como dijo un ingeniero de Otis a un grupo de colegas en una conferencia en 1964.
En los años de la posguerra, Otis fabricó máquinas especiales para uso naval, que incluían escaleras mecánicas para subir a los pilotos a sus aeronaves a bordo del portaaviones Independence, montacargas para transportar los aviones desde los bodegas hasta la zona de despegue, y plataformas con engranajes que podían ensamblarse para doblar la capacidad de carga y subir la munición donde se necesitaba.
En todos los casos, Otis tuvo que idear nuevas maneras de hacer frente a los requerimientos de los ascensores en alta mar y, como siempre, salió victoriosa.
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