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El negocio de Otis crece en Alaska a pesar del clima, la distancia y los ocasionales osos polares

Mike Liebing in Alaska
Mike Liebling delante del edificio Atwood, en el centro de Anchorage
Nota del editor: este artículo se centra en Mike Liebing, que trabaja para Otis en Anchorage, Alaska.


El gerente de la oficina de Alaska, Mike Liebing es quizá el único empleado de Otis en Norteamérica que corre el riesgo potencial de encontrarse con un oso polar al ir a atender un servicio.

Sucedió después de un largo vuelo de Anchorage hacia North Slope, donde había que hacer una modernización en un ascensor de una compañía de combustible. Cuando se abrió la puerta del garaje para que entrara Liebing, los trabajadores estaban dentro dispuestos a defenderse de algún oso polar errante.

Ninguna tarea es rutinaria en Otis Alaska. No hace mucho tiempo, Liebeng envió a uno de sus técnicos a reparar un montaplatos. En cualquier parte de Norteamérica este habría sido un servicio ordinario, pero no en Otis Alaska. Ir y volver del lugar del aviso, una gran mina de bauxita situada en Kotzebue, a 846 kilómetros en línea recta al noroeste de Anchorage, le costó al técnico ocho horas de vuelo en soledad.

Con más de 800 ascensores en mantenimiento en un estado que es dos veces más grande que Texas, Liebing y su equipo de 20 personas se enfrentan a retos logísticos y geográficos que no tiene ningún otro equipo en Norteamérica. Ellos instalan y mantienen ascensores desde Barrow, en el Océano Ártico, hasta Ketchikan, a 2.000 kilómetros al sur. Dos veces al año, un mecánico se desplaza a Puerto Dutch, en las islas Aleutianas, para hacer el mantenimiento a todos los ascensores del municipio.

Cuando un mecánico de Otis llega a algún pequeño pueblo remoto de Alaska, todo el mundo sabe que está ahí. Una vez, un mecánico llegó a Barrow justo en el momento en que la primera ballena de la temporada estaba siendo despiezada en la playa, y fue invitado a compartir el botín.

Algunas veces, las llamadas de servicio se extienden más allá de los límites terrestres, como pasó un día que el supervisor de mantenimiento Mike Evans voló hacia North Slope en un jet privado y después cogió un helicóptero para llegar a una plataforma petrolera de Exxon a 15 kilómetos mar adentro en el Océano Ártico.

La mayoría de los empleados de Otis en Alaska tienen su base de operaciones en Anchorage, donde vive la mayor parte de la población. Además, existe una delegación en Fairbanks y representantes locales en Juneau, la capital, y en Ketchikan.

“Entre el clima y la geografía, la vida aquí nunca es aburrida”, dice Liebing, que lleva trabajando para Otis 16 años. “Cuando vamos a North Slope, tenemos que llevar un equipo completo de supervivencia –calzado apropiado, trenca y guantes. Hace un par de inviernos en Anchorage, trabajamos para un contratista extranjero que quería que montáramos guías a 20 grados bajo cero. Tuvimos que dejarlo, hacía demasiado frío.”

A pesar del clima, Otis Alaska lleva 15 años sin un accidente que los retrase. “Tenemos excelente gente en la calle y en la oficina”, dice Liebing. “Nuestra plantilla de empleados lleva una media de 17 años trabajando con nosotros. Todo el mundo hace un gran esfuerzo y la seguridad siempre está presente.”

El mercado abarca toda la línea de productos Otis, incluyendo andenes móviles. Los dos primeros en todo el Estado se instalaron en el vestíbulo del aeropuerto de Anchorage. Hoteles como el Hilton, el Marriott y el Sheraton son clientes de Otis. A lo largo de todo el estado, fábricas de papel, compañías petroleras, de minas y conserveras de pescado también confían en Otis.

Alrededor de 130 ascensores en Alaska están equipados con los servicios de control REM a través de pantallas. “El REM es especialmente útil en los casos de comunidades a las que solamente se puede llegar por aire. Compruebas la información en pantalla y ya sabes qué tipo de material debes llevar contigo,” dice Liebing.

La economía de Alaska solía tener grandes altibajos. Durante más de una década hasta mediados de los años 80, apenas hubo nueva construcción ni en Anchorage ni en ninguna otra parte, y Otis tuvo que sobrevivir principalmente del mantenimiento. Cuando la industria de la construcción se recuperó, Otis dominó el mercado de la venta nueva.

Hasta el establecimiento de la oficina de Anchorage, a principio de los años 70, Otis le daba servicio a Alaska a través de su oficina en Seattle. Pero la trayectoria de Otis en aquellas tierras se remonta hasta 1920, con las fábricas de conservas de salmón al sureste de Alaska. De hecho, Liebing tiene conocimiento de primera mano de un viejo ascensor tipo jaula en el edificio del Banco Nacional de Alaska en Ketchikan en 1923.

“Ese ascensor fue modernizado unas cuatro veces. Encontramos unas notas escritas a mano en las que se describe cómo fue trasladado el ascensor desde los muelles por una cuadrilla de caballos,” afirma.

Estar 6.000 kilómetros de distancia de las oficinas centrales supone que las relaciones de trabajo se entablan principalmente por teléfono.

“Debido a que somos parte de una gran corporación con suficientes recursos, frecuentemente solicitamos apoyo de otros colegas. Aunque te encuentres al otro lado del pueblo o al otro lado del mundo, siempre hay alguien dispuesto a echarte una mano”, dice Liebing. “Sentimos que nos conocemos todos en la compañía.”

 

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