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 Zardoya Otis |
 
 


ELISHA GRAVES OTIS Y EL DESARROLLO DEL ASCENSOR MODERNO

La idea del ascensor de seguridad fue concebida por Elisha Graves Otis cuando le pidieron que instalara un elevador de carga en una nueva factoría de la compañía de colchones en la que por aquel entonces trabajaba.

Vio la gran oportunidad que suponía la Exposición Mundial que se celebraría en el Palacio de Cristal de Nueva York en el año 1854. Con miles de visitantes internacionales, era el lugar y el momento ideal para promocionar su invento -un elevador con un dispositivo denominado paracaídas, que evitaba el desprendimiento de la cabina, incluso con la ruptura de los cables de suspensión- y crear la deseada expectación.

En el transcurso de esta demostración, Otis se montó en el elevador instalado en el Palacio de Cristal, repleto de cajas pesadas y barriles. Cuando llegó a una altura equivalente a cuatro pisos, Otis pidió a su asistente que cortara la cuerda de suspensión.


En ese momento el elevador cayó violentamente, pero en lugar de chocar contra el suelo, como hubiera ocurrido con otros aparatos de la época, el mecanismo de seguridad inventado por Otis se activó, deteniendo el aparato. “Todos seguros, caballeros” anunció mientras saludaba al asombrado público, quitándose el sombrero.

Para fabricar su exitoso elevador, Elisha Graves Otis utilizó materiales sencillos, montando barras de hierro dentadas en los raíles-guía y añadiendo hierros dentados acoplables en la cabina. Si el cable se rompía, un resorte adjunto al cable empujaría los dientes, que se agarrarían a las barras de hierro y detendrían el aparato en su caída.

El “boca a boca”, tal y como el propio Otis había vaticinado, funcionó a la perfección y empezó a recibir pedidos de ascensores de diversos puntos del mundo. De hecho, las ventas se doblaron durante los dos años siguientes.

Si bien el primer ascensor de pasajeros fue instalado por Otis en Nueva York en 1857, en 1873 había ya más de 2.000 ascensores Otis presentes en edificios de oficinas, hoteles y centros comerciales de Estados Unidos, y cinco años más tarde se instalaba el primer ascensor hidráulico Otis para pasajeros. Poco después llegó la era de los rascacielos y en 1889 Otis desarrolló las primeras máquinas de ascensores eléctricos con engranaje que funcionaban satisfactoriamente.

Rápidamente, los ascensores se convirtieron en objeto de atracción de hoteles y almacenes de las grandes ciudades. Y lo más importante, revolucionaron el mundo inmobiliario y arquitectónico, ya que favorecieron de forma decisiva la aparición de los rascacielos. Los ascensores iban a transformar el urbanismo, pues gracias a ellos era posible la creación de las nuevas “ciudades verticales”. En el plazo de diez años, los ascensores de Otis estaban vendiéndose ya no sólo en Estados Unidos, sino en todo el planeta. Sus modelos fueron los primeros instalados en la Casa Blanca, en el monumento a Washington y en la Torre Eiffel.

En 1903, Otis introdujo lo que se convertiría en la columna vertebral de la industria del ascensor: el elevador eléctrico a tracción sin engranajes, cuya realización demostró sobrevivir al propio edificio. Este hecho impulsó la era de la edificación de gran altura, con edificios tan representativos como el Empire State Building.
 
 
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